En un gimnasio abarrotado un sábado por la mañana, el chirrido de las zapatillas resuena en las paredes. Los jóvenes atletas se esfuerzan al máximo para ganar con esfuerzo y entusiasmo. En la banda, un entrenador anima, mostrando orgullo. Sin embargo, siempre hay un jugador que parece llevarse el visto bueno, la oportunidad extra, la palmadita en la espalda que otros nunca reciben. Ese jugador es el hijo del entrenador.
Escenas como esta desplega en pueblos de todo lados. En la superficie, parece bastante inocente: un padre que se ofrece como voluntario para entrenar, dando tiempo y energía a apoyar al equipo. Parece generosidad y compromiso. Pero bajo la superficie se esconde un desequilibrio oculto, uno que muchos niños notan mucho antes que los adultos. Cuando un padre entrena a un equipo que incluye a su propio hijo, el juego puede cambiar de maneras que las estadísticas jamás podrían captar por completo. Se trata de algo más que ganar o perder. Se trata de justicia, pertenencia y cómo los jóvenes atletas aprenden lo que realmente significa la justicia.
El favoritismo no siempre grita; a veces es un susurro. Se nota en el niño que se queda un poco más, en quien se le da un tono más suave al ser corregido, en quien se elige para los momentos más destacados. Otros jugadores sienten la injusticia aunque no puedan identificarla. Se dan cuenta de a quién se aparta para recibir consejos privados y de qué errores se pasan por alto. Con el tiempo, ese desequilibrio silencioso comienza a moldear la forma en que los niños se ven a sí mismos, cómo perciben la autoridad y cómo miden su autoestima, y los efectos rara vez son positivos.
Para un jugador sentado en la banca, viendo a otro aprovechar oportunidades tras oportunidades, puede parecer que el esfuerzo no importa. Por mucho que se esfuerce, el resultado parece decidido incluso antes de que suene el silbato. Esa lección se queda grabada en la mente de la persona. No solo se vive en el gimnasio o en el campo; la acompaña en las aulas, el trabajo y las amistades. Enseña que, a veces, sin importar el esfuerzo, la justicia favorece a quienes tienen conexiones.
El dolor no termina con los jugadores ignorados. El propio hijo del entrenador a menudo también carga con una carga. Algunos padres-entrenadores, desesperados por parecer justos, optan por lo contrario: exigen más a sus hijos, los corrigen con más dureza o los dejan fuera para evitar ser juzgados. Otros, sin querer, construyen muros invisibles entre sus hijos y el resto del equipo. De cualquier manera, el campo deja de sentirse como un lugar seguro y alegre para jugar.
Los niños no deberían verse involucrados en conflictos entre adultos; sin embargo, en equipos dirigidos por padres, a menudo lo están. Otros jugadores cuestionan sus roles, el hijo del entrenador cuestiona su valía, y el entrenador se debate entre dos roles incompatibles: líder comprensivo y padre. Incluso las gradas se llenan de una silenciosa división, ya que los padres se preocupan por la equidad y la dinámica del equipo.
La justicia no se trata solo de quién juega más tiempo o anota más; se trata de que cada niño sienta que importa por igual. Que su esfuerzo es reconocido. Que su lugar en el equipo se lo ganan, no está predeterminado. Cuando ese sentido de la confianza desaparece, se pierde algo más grande. La confianza se desaparece y la alegría que atrajo a los niños al deporte —la emoción de aprender, competir y pertenecer— se desvanece.
Muchos padres-entrenadores tienen buenas intenciones. Desempeñan roles que otros no asumirían. Hacen malabarismos con el trabajo, los horarios y las interminables prácticas porque les importa. Sus intenciones no son el problema; la estructura sí lo es. Esperar que alguien separe el amor de un padre del deber de un entrenador es pedir lo imposible. El amor conlleva prejuicios, incluso cuando se esconde tras la justicia
Imaginen si el sistema funcionara de otra manera. Imaginen si los padres entrenaran equipos sin sus propios hijos, donde cada jugador fuera simplemente otro joven atleta con potencial. Imaginen si la transparencia guiara las decisiones, si las listas y el tiempo de juego se explicaran abiertamente, y si los niños pudieran confiar en que el juego es tan justo como se proclama.
Ese tipo de cambio requeriría esfuerzo y valentía comunitaria. Pero restauraría algo invaluable: la integridad. Permitiría a cada niño saber que el esfuerzo que realiza realmente importa, que el juego no se decide antes de empezar y que los adultos valoran la justicia tanto como dicen.
Los deportes juveniles son más que juegos. Son aulas para la vida. Enseñan trabajo en equipo, humildad, resiliencia y equidad. Pero cuando el favoritismo reemplaza la equidad, esas lecciones pierden su significado. Los niños crecen creyendo que el éxito no depende de la excelencia, sino de la conexión. Y una vez que esa creencia se arraiga, es difícil desaprenderla.
Todos los niños merecen igualdad de condiciones, tanto literal como figurativamente. Merecen un entrenador que los vea no a través de la perspectiva de la familia, sino a través de la perspectiva del potencial. Cuando eso sucede, los resultados van mucho más allá de las victorias y las derrotas. Los niños se fortalecen, los equipos se unen y las comunidades se enorgullecen.
La solución no es complicada. Se trata de elegir la rectitud por encima de la familiaridad. Los padres-entrenadores pueden tener buen corazón, pero ni siquiera un buen corazón puede superar los prejuicios. La verdadera integridad surge de reconocer la verdad y cambiar el sistema para que todos los niños, sin importar su apellido, tengan la misma oportunidad de brillar.












































